Colaborador invitado/ Miguel Ángel Jiménez
Hoy presentamos una serie de reflexiones respecto a un tema que parecería poco serio, pues su esencia de eso se trata, pero es más trascendente de lo que uno pudiera imaginarse.
A todos se nos ha hecho algo común el ajetreo de los días previos al Día de Reyes o en algunos casos el 24 de diciembre o 30 de abril. Padres y madres regateando en los tianguis o sometiéndose en los supermercados para procurarse el juguete que las niñas y niños han pedido, o cuando menos algo parecido que se ajuste a las posibilidades económicas de cada hogar; al fin y al cabo, si no es posible comprar lo que ellos pidieron tenemos el argumento milenario y perfecto: “No se portaron como debían y los Reyes Magos les trajeron algo de consolación”.
¡Carajo! Con argumentos de ese tipo fue como muchas generaciones, desde pequeños asimilamos que los únicos que se portaban bien eran los niños de las casas ricas (sus padres o eran empresarios o funcionarios de gobierno o cuando menos policías) y del mismo modo nos educaban a comprender que los pobres no merecemos nuestros deseos.
Pero vamos más a fondo de estos pequeños espasmos emocionales, vamos al punto de la oferta y la demanda, la enajenación y las consecuencias sociológicas de aquellos niños que más pronto que su desencanto se convierten en los adultos ciudadanos que representan nuestra realidad social.
Los expertos podrán profundizar sobre la parte lúdica en la educación y el papel que desempeña en el desarrollo psicosocial de las personas desde sus primeras etapas formativas; de tal forma, los juguetes son una parte esencial para tal efecto y no solo como premio o castigo a determinada conducta.
En nuestras sociedades el oligopolio de la industria del juguete, va determinando en cada generación no solo los precios del mercado sino también, y de la mano, el tipo de producto que ha de llegar a cada sector de la sociedad en función de su poder adquisitivo. A las clases pudientes los juguetes más sofisticados y a las clases vulnerables los más simples y desechables.
Lo anterior parecería algo tan soso desde el punto de vista de las leyes económicas, pero el caso es que el despliegue de la publicidad de los medios masivos de comunicación da paso a la enajenación.
Esta enajenación que invade la esfera emocional de las infancias y de adultos genera frustración en unos o desfalco en otros, pues para el caso de los segundos siempre habrá al alcance la herramienta especulativa de la tarjeta de crédito o las compras con pagos chiquitos que al final acaban cuadruplicando los costos en beneficio de bancos y tiendas de sustento agiotista.
Tomando en cuenta que para este 2023, de acuerdo con la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (Anpec) advirtieron un aumento del 70 por ciento en el precio de los juguetes.
Atención especial merece también, las características de la mayoría de los juguetes ofertados por esos oligopolios, pues la gran mayoría carecen de una función educativa que fortalezca de manera objetiva el desarrollo psicosocial de los usuarios y van más bien cargados a modas, estereotipos y tendencias que irán definiendo la conducta social de niñas y niños.
Regular lo anterior podría parecer imposible en una economía neoliberal de mercado que impera en casi todo el orbe.
Sin embargo, lo que sí es posible en el juego de ese mismo modelo económico y que tal vez pueda encajar en una forma de gobierno “humanista”, es la creación de una empresa paraestatal de juguetes que, en el mismo sistema de competencia regule la conducta aquí analizada del oligopolio de esa industria y en consecuencia la de banqueros y prestamistas.
Y que además, aprovechando el conocimiento de expertos y el ingenio de muchos, se genere la oferta de juguetes tan divertidos como educativos que contribuya a la sana formación social de las infancias alejándolos de tendencias y enajenaciones que les evite en el futuro ser víctimas y victimarios de una sociedad corresponsable de nuestra realidad.
Ah… ¡pero lo más importante! Es que esta empresa también sea capaz de garantizar que no exista un solo niño o niña sin un juguete, -algo así como las vacunas-. Es decir, que así como las becas o las pensiones, este se convierta en un derecho constitucional y no dejarlo en manos de hipócritas fundaciones que acopian , lucran y terminan con ganancias a través de “merecidas” deducciones impositivas.
Dejamos el tema sobre la mesa…